Hiperión

 

Nos encontrábamos como dos torrentes que ruedan desde lo alto del monte y echan fuera de si la carga de tierra y piedras y madera podrida y el inerte caos que los frena para abrirse paso el uno hacia el otro y llegar a confluir en aquel punto donde, atrapándose uno al otro con la misma fuerza, unidos en una sola corriente majestuosa, comienza su peregrinaje hacia el inmenso mar.

 

 

Hablamos de nuestro corazón, de nuestros planes, como si fueran nuestros, cuando es una potencia extraña la que nos abate y nos hecha a la tumba a su gusto, y de la que no sabemos ni de dónde viene ni adónde va.

 

 

Habéis perdido la fe en todo lo grande; por eso, por eso debéis desaparecer si esa fe no vuelve como un cometa de lejanos cielos.

 

 

Hay un olvido de toda existencia, hay un callar de nuestro ser, que es como si hubieramos perdido todo, una noche de nuestra alma en que no nos alumbra el centelleo de ningún astro, ni tan siquiera un tizón de leña seca.

 

 

He visto una vez lo único, lo que mi alma buscaba, y la perfección que situamos lejos, más allá de las estrellas, que relegamos al final del tiempo, yo la he sentido presente. ¡Estaba aquí, lo más elevado estaba aquí, en el círculo de la naturaleza humana y de las cosas! Ya no pregunto donde está; estaba en el mundo, puede volver a él, solo que ahora está más oculto en él. Ya no pregunto qué es; lo he visto, lo he conocido.

 

 

No merecen palabras los días en que aún no te conocía, ¡Oh Diotima, ser celestial!

 

 

Hablamos poco el uno con el otro. Uno se avergüenza de su idioma y quisiera convertirse en música y unirse en una sola canción celestial.

 

 

¿Qué vale todo lo que los hombres hacen y piensan durante milenios frente a un solo momento de amor?

 

 

¡Oh, con ella me habría convertido en un hombre feliz, excelente! ¡Con ella! Pero no fue así, y ahora vagabundeo por lo que hay en mí y ante mí y más lejos, y no sé que debo hacer de mí y de las demás cosas.

 

 

Aquel, como tú, cuya alma ha sido dañada, ya no puede encontrar reposo en la alegría particular; el que, como tú, ha sentido la insipidez de la nada, sólo se templa en el espíritu más alto; el que ha tenido la experiencia de la muerte, como tú, solo se repone entre los dioses.

 

 

“Que cada cual se dedique a sus ocupaciones”, me dirás, y yo también lo digo. Solo que debe dedicarse con toda el alma, no debe ahogar en si cualquier otra fuerza que no concuerde exactamente con su ocupación, no tiene porqué ser sólo, con ese miedo miserable, literal e hipócritamente lo que su título indica, tiene que ser con seriedad y con amor lo que es, y entonces, en su quehacer vivirá un espíritu, y si se siente oprimido en una especialidad donde no es posible en absoluto la vida del espíritu, ¡que la rechace con desprecio, y vale más que aprenda a trabajar la tierra!

 

 

Construyo a mi corazón una tumba para que pueda descansar en ella; me encierro en mí mismo como una larva, porque afuera sólo hay invierno; me protejo de la tormenta con los recuerdos más felices.

 

 

¿Sabes qué es lo que te consume, lo único que te falta (…) lo que te entristece en todas tus tristezas? Es algo que (…) no se puede decir exactamente cuando existió ni cuando desapareció, ¡pero existió, existe, está en ti! Lo que buscas es un tiempo mejor, un mundo más hermoso. Era ese mundo únicamente lo que abrazabas cuando abrazabas a tus amigos; tu, junto con ellos, eras ese mundo. (…) No querías a hombres, créeme; lo que querías era un mundo. ¡La pérdida de todos los siglos de oro tal como llegaron a ti, condensados en un solo momento feliz, el espíritu de todos los espíritus de un tiempo mejor, la fuerza de todas las fuerzas de los héroes, todo eso te lo debía compensar un solo ser humano…!

 

 

Oh, ahora veo, ahora sé lo que con frecuencia he intuido, que el hombre es una envoltura en la que a menudo se encierra un dios.

 

 

¡No molesteis al hombre ya desde su cuna! ¡No lo saqueis del cerrado capullo de su ser, de la cabaña de su infancia! No hagais demasiado poco por él, de forma que no se halle privado de vosotros y así os diferencie de él; en pocas palabras, dejad que el hombre tarde bastante en saber que hay hombres, que hay algo más fuera de él, pues sólo así se convierte en hombre. Y el hombre es un dios en cuanto es hombre.

 

 

Tampoco nosotros, Diotima, tampoco nosotros estamos separados, y llorar por ti es no comprenderlo. Nosotros somos notas vivas sonando conjuntamente en tu armonía, ¡oh naturaleza! ¿Y quién podría romperla?, ¿quién puede separar a los que se aman? ¡Oh alma, alma! ¡Belleza del mundo, indestructible, fascinante, en tu eterna juventud! Tú existes; ¿qué son, pues, la muerte y todo el sufrimiento de los hombres? ¡Ah, cuántas palabras huecas y cuántas extravagancias se han dicho! Sin embargo, todo nace del deseo y todo acaba en la paz. Como riñas entre amantes son las disonancias del mundo. En la disputa está la reconciliación, y todo lo que se separa vuelve a encontrarse. Las arterias se dividen, pero vuelven al corazón y todo es una única, eterna y ardiente vida.

 

 

Friedrich Hölderlin ( 1797 )

 

 

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